martes, 16 de diciembre de 2008

Kate DiCamillo DESPEREAUX

El mundo es oscuro y preciosa la luz.

Acércate, querido lector.

Debes confiar en mí.

VOY a contarte una historia.



Es la historia de un ratón, una princesa,

un cucharada de sopa

y un carrete de hilo



Capítulo Uno Este es el último




ESTA HISTORIA COMIENZA entre los muros de un castillo, con el nacimiento de un ratón. Un ratón muy pequeño. El último ratón que les nacía a sus padres y el único de su camada que había nacido vivo.

-¿Dónde están mis bebés? -dijo la agotada madre cuando el mal rato hubo terminado-: enséñame a mis bebés.

El padre ratón levantó bien alto al ratoncito.

-Sólo hay uno --dijo-. Los otros han muerto.

-Mon Dieu, ¿tan sólo un ratoncito?

-Sólo uno. ¿Cómo lo llamarás?

-Tanto trabajo para nada --dijo la madre y, suspirando, añadió-: ¡Es tan triste! ¡Es tanta la decepción!

Era una ratona francesa que habla llegado al castillo hacía mucho tiempo en el equipaje de un diplomático.

francés que estaba de visita. "Decepción" era una de sus palabras favoritas: la utilizaba a menudo.

-¿Cómo lo llamarás? -repitió el padre.

-¿Que cómo lo llamaré? ¿Lo llamaré? Claro que sí, lo llamaré, pero seguramente va a morirse como los otros. Oh cuán triste. Cuán triste. Oh, qué gran tragedia.

La ratona se llevó un pañuelo a la nariz, lo agitó frente a la cara y se sonó.

-Sí, claro que le daré un nombre. Llamaré Despereaux a este ratón, por toda la tristeza, por la desesperanza de este lugar. Y a ver, ¿dónde está mi espejo?

Su marido le tendió un pequeño trozo triangular de espejo. La ratona madre, que se llamaba Antoinette, miró su reflejo y le dijo a uno de sus hijos con un suspiro:

-Tulés, vete a por mi bolsa de maquillaje. Tengo unas ojeras terribles.

Mientras Antoinette se retocaba la pintura de los ojos, el padre colocó a Despereaux en una cama hecha de trocitos de manta. El sol de abril, débil pero decidido, atravesó una ventana del castillo y buscando un agujerito del muro tocó con un dedo dorado al recién nacido.

Sus hermanos mayores se reunieron para contemplar a Despereaux.

-Tiene las orejas demasiado grandes -dijo su hermana Merlota-. Son las orejas más grandes que he visto nunca.

-Mira -dijo un hermano llamado Frano- tiene los ojos abiertos. Pa, tiene los ojos abiertos y no debería tenerlos.

Es cierto: los ojos de Despereaux no deberían estar abiertos, pero lo estaban. Miraba el reflejo del sol en el espejo de su madre. La luz se proyectaba sobre el techo en forma de óvalos brillantes y Despereaux sonreía mirándolos.

-Hay en él algo que no marcha, este latoncito no está bien -dijo el padre-. Déjenlo en paz.

Los hermanos y hermanas de Despereaux se echaron atrás, separándose del nuevo, miembro de la familia.

-Éste es el último -proclamó Antoinette desde su lecho-. No tendré más hijos: son una decepción tan grande y se cobran un tributo tan duro para mi belleza. Arruinan mis encantos. Éste es el último. Ni uno más.

-El último -dijo el padre-. Y pronto habrá muerto. No puede vivir. No puede vivir con los ojos abiertos de ese modo.

Pero, lector, vivió.

Y ésta es su historia.



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